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Cuento 3

Miró aquel espejo sin saber de donde venía, no recordaba haberle dado mayor importancia en el pasado, y lo miró. Buscando respuestas. Lo miró, sin curiosidad, pues creía conocer lo que ahí vería, pero extrañamente no se miró reflejado. Pero espero no malinterpreten, sí era él, mas como en un sueño en el que alguien más es, mas no en su cuerpo sino en el de otro que no es él pero si es. Se vio, era él, pero con todo lo que no se atrevía a ser, y aún así era él, o más bien una mutación de sí que conservaba su esencia. Se reconocía, pues quién no se reconoce al mirarse al espejo? Pero escuchaba otra música, gustaba de otros lugares y tenía otros amigos, y era él, pero peor, cualquiera que gozase de sentido común sabría denunciar al instante la falta de correctitud cultural que había adquirido su yo del espejo, y se envidió. Se envidió a sí mismo la falta de preocupación, se envidió la ingenuidad y la credulidad que sabía que tenía, y que había perdido en el paso de la luz del vidrio al mundo real. Luego vio más allá de los ojos, y se encontró. Así de fácil, se comprendió, y extrañamente, se percató de que la imagen del espejo lo examinaba con el mismo detalle y con la misma desconfianza con la que él le miraba segundos antes. Y se sintió desnudo, despojado de sus máscaras, sus tan perfectamente estructuradas y a prueba de fallos máscaras. Y quiso vomitar, pues cual síntoma de embarazo, ahora sabía que nada iba a ser igual. Trataría sin duda, pero no se creía capaz. Ignorar para siempre esa verdad que lo encaró como un niño de la calle? Hambrienta y peligrosa. Si tan sólo no hubiese mirado al espejo ese día, todo sería vacíamente sencillo de nuevo. Se extrañaba. Pero hoy, como si el titiritero que nunca permitió lo dominase hubiera olvidado el guión, miró hacia la esquina del cuarto, cuando sabía que debía batallar contra el sueño un par de minutos más, y no lo hizo, miró. Y ahora todo estaba perdido. Él estaba perdido. Ya no podría seguir como si nada hubiera pasado. Era claro. Esa verdad que él conocía, se atrevió a trascender de su imaginación, y así, con ese simple atrevimiento, logró el mismo efecto que se logra al revelar un secreto que es verdadero a medias, pero que por haber sido revelado, por haber salido del cerebro que lo engendró, se materializa, se hace cierto, y obliga a su padre a mantenerse fiel a él y jurarle lealtad. Se hizo realidad su verdad, y ahora lo perseguiría para siempre. Miedo. Pero... Y así lo logró, con un destello de astucia atribuible solamente a un dibujo animado que entre un yunque y el suelo saca de su bolsillo un agujero y se escapa por él, se le ocurrió, y consiguió el mismo efecto. Combatió al nazi con fascismo y recordó cómo llegó a este punto. Y miró, miró de nuevo a los ojos del reflejo, pero ahora era él el niño callejero. Mas no sucedió lo que esperaba, no se invirtieron los papeles, pues el reflejo seguía siendo él, y él no sabía como asustarse a sí mismo. Y en el medio de su entretejida confusión y frustración, notó un arrepentimiento en el instinto cazador del espejo, y dejó de sentirse amenazado.

Cuando se percató de que llevaba días contemplando la imagen, olía mal y estaba sucio. Tenía hambre y debía regresar a su cotidianeidad. Pero ahora todo era diferente, su plan ya no era secreto y ya no estaba sólo. Salió a la calle después de un baño que disfrutó como ningún otro, y vio todo con otros ojos. Lo decidió así, un último cambio en secreto, antes de ponerse la máscara otra vez. Y le dio una oportunidad más, la última quizá, a un mundo borracho que nunca sería capaz de recordar la deuda que tenía con ese pobre infeliz. Y así, sin más ni más, volvió a su quehacer de hombre, de hombre civilizado, de ciudadano del mundo. Escondiendo muy dentro de sí a una nueva razón, que nadie podría comprender, pero que distinto a las demás, fue suficiente, por lo menos para él...